Quítate la ropa... Arráncame los modales de una dentallada... Cerremos los tabúes y el mundo que nos contempla en el cajón de la sociedad mientras creamos nuestra propia utopía de sudor y sensaciones... Atraviesame con una mirada que me haga tu esclavo, me someta a tu voluntad, me haga ver cada milímetro de tu piel como una obra de arte a estudiar o un misterio que resolver... Cógeme. No me sueltes más. Cada nanosegundo pueden ser horas en nosotros. Acércate y deleitame con el mayor de los sabores que un mortal haya probado.
A espaldas del mundo dibujamos nuestras propias normas. Nuestras reglas. En este juego solo estamos tu y yo, y pierde la realidad, frente a la fantasía... Nuestra fantasía...
Muérdeme como si tu fuerza fuera una forma de alejarte del mundo... Ya somos uno. Nuestra saliva son dos rios que de la misma forma desembocan en la locura y el delirio...
Por Francisco Fernández Aguilar.
martes, 18 de enero de 2011
viernes, 10 de diciembre de 2010
Eternidades
Vino, primero, pura,vestida de inocencia.
Y la amé como un niño.
Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes.
Y la fui odiando sin saberlo.
Llegó a ser una reina,
fastuosa de tesoros...
¡Qué iracundia de yel y sin sentido!
... Mas se fue desnudando.
Y yo le sonreía.
Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.
Y se quitó la túnica,
y apareció desnuda toda...
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía para siempre!
Juan Ramón Jiménez.
jueves, 9 de diciembre de 2010
Aquiles
Miró a través de la ventana. Llovía. A mares, de hecho. Incluso de vez en cuando se podía divisar algún relámpago surcándo el alterado cielo que lloraba desgarradoramente. Daba miedo. La quietud de aquella mugrosa y espeluznante morada podía poner los pelos de punta al mismísimo Aquiles. El suelo de madera, podrida por el paso de los años, crujía a cada paso que daba en su intento de conocer los secretos e historias de esos andamios que tantos días y tantas horas llevaban a sus costillas. A menudo se podía oír cómo alguna puerta se movía en el piso de arriba, quizá mecida por el viento que entraba por alguna ventana mal cerrada. Pero no iba a subir a comprobarlo, el simple hecho de tener que pisar sobre los descompuestos tablones, que parecían hechos de pena más que de madera, conseguía erizarle cada partícula de su entumecido cuerpo. Respiró hondo, trantando de relajarse. Aun no comprendía el "simple" hecho de estar ahí. ¿Fue porque quiso? ¿O le llevaron? ¿O cómo? Lo tenía todo muy borroso, y la escasa luz de la que gozaba cada estancia de aquella vivienda le empezaba a dar un punzante dolor de cabeza que poco a poco iba in crescendo.
Con miedo por si aquel siniestro suelo decidía ceder, volvió a la ventana. Ahí plantado, no sabía si sentirse más seguro o más indefenso. Fuere como fuese, la tormenta que se debatía en el exterior parecía darle algo de luz a aquella cochambrosa habitación. Giró sobre sí mismo y observó nuevamente lo que el temporal le permitía ver. Aquello parecía haber sido en sus tiempos mozos algo parecido a un salón. Una especie de sofá, tapado con una vieja y raída sabana, del cual se había levantado él hacía poco, estaba empotrado contra una pared que se caía a trozos. Más a la derecha parecía haber una chimenea y algún otro sillón. Entonces, quien sabe porqué, rebuscó en sus bolsillos. No tenía nada. Ni su movil, ni sus llaves... nada. Se sentía desnudo. No sabía cómo salir de ahí, ni siquiera sabía dónde estaba. Y la casa cada vez hacía más ruidos y más extraños. Intentó evadir todo mal pensamiento de su mente y volvió a mirar por la ventana. Aquello parecía el final de la creación, daba la impresión de que todo se iba a inundar con esa lluvia. Empezaba a sentir miedo de verdad. Pero apenas le dio tiempo a sentir algo diferente al frío o la humedad. Escuchó pasos a su espalda y antes de que pudiera girarse, o reaccionar de alguna manera, un penetrante dolor atravesó su cabeza y todo se volvió, si cabe, más oscuro aún.
Con miedo por si aquel siniestro suelo decidía ceder, volvió a la ventana. Ahí plantado, no sabía si sentirse más seguro o más indefenso. Fuere como fuese, la tormenta que se debatía en el exterior parecía darle algo de luz a aquella cochambrosa habitación. Giró sobre sí mismo y observó nuevamente lo que el temporal le permitía ver. Aquello parecía haber sido en sus tiempos mozos algo parecido a un salón. Una especie de sofá, tapado con una vieja y raída sabana, del cual se había levantado él hacía poco, estaba empotrado contra una pared que se caía a trozos. Más a la derecha parecía haber una chimenea y algún otro sillón. Entonces, quien sabe porqué, rebuscó en sus bolsillos. No tenía nada. Ni su movil, ni sus llaves... nada. Se sentía desnudo. No sabía cómo salir de ahí, ni siquiera sabía dónde estaba. Y la casa cada vez hacía más ruidos y más extraños. Intentó evadir todo mal pensamiento de su mente y volvió a mirar por la ventana. Aquello parecía el final de la creación, daba la impresión de que todo se iba a inundar con esa lluvia. Empezaba a sentir miedo de verdad. Pero apenas le dio tiempo a sentir algo diferente al frío o la humedad. Escuchó pasos a su espalda y antes de que pudiera girarse, o reaccionar de alguna manera, un penetrante dolor atravesó su cabeza y todo se volvió, si cabe, más oscuro aún.
domingo, 28 de noviembre de 2010
Cosas
Ella, nerviosa, frente a la pantalla de su ordenador, todas las luces apagadas, solo unos rayos de sol entran por su ventana. Y a pocos metros él. El de siempre. Pasan los minutos y el ruido de las teclas cesa. Se pasa la mano por el pelo para colocarse el flequillo una de las tres mil veces que lo hace a lo largo del día. Shhh. Escucha. No se oye nada, qué raro.. Guía su cabeza hacia el lado izquierdo y le ve. Dormido. ¿Cómo puede quedarse dormido? Su frustración acaba y pasa a convertirse en curiosidad. Ha tenido su cara delante millones y millones de veces pero aún asi se levanta de la silla y se aproxima al extremo de la cama. Su respiración es de lo más tranquila, como siempre. Su pelo, aún más negro de lo que ella recordaba, se hundía en la almohada de una forma desordenada. Sus ojos, cerrados, se veían incluso más perfectos adornados por sus pestañas; y sus labios... Los labios. Tan apetecibles como tentadores desde el primer día. Su mano se desplazó hasta su pelo y lo acarició, dezlizó los dedos entre el sedoso y despeinado cabello impregnándose de su textura y aroma. Sus labios, envidiosos, se acercaron a los de él y los acariaron. Y, para variar, esa sensación de felicidad y libertad la inundó haciéndole sonreír. Él comenzó a moverse, hasta que abrió los ojos y sonrió al verla ahí. La atrajo hacia sí y la abrazó, la apretó contra él, aspirando su aroma y hundiendo la cara en el largo y suave pelo de la chica: no quería soltarla nunca, y quería tener cada día un despertar similar a los que ella le proporcionaba, como aquel.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)